Pareja: Identidad compartida

La pareja es algo distinto a los miembros que la forman. No es una relación recíproca entre dos personas sino la relación que dos personas establecen con el espacio común, de solidaridad y lealtad, que les acoge, les contiene y les proporciona una nueva identidad compartida, que se añade, y no sustituye, a sus respectivas identidades individuales.

Una pareja no consiste en estar juntos, sino en estar junto a lo que nos une.

A la pareja llegamos con lo que hemos sido capaces de construir de nosotros mismos. En el mejor de los casos, individuos adultos, maduros, pertenecientes a una familia y no dependientes de ella, con una identidad clara y sólida, consolidada durante la adolescencia.

Pero esto no siempre sucede así. Cuando alguien continúa atrapado emocionalmente en su familia de origen, esto dificulta enormemente la relación con su pareja y afecta al funcionamiento de la familia que forme con ella.

La pareja proporciona muchos momentos de felicidad, sin embargo, también suele ser una de las mayores fuentes de insatisfacción y conflicto en nuestra vida. Con la pareja solemos movilizar gran parte de las emociones. Ahí se actualizan gran parte de nuestros asuntos individuales del pasado que permanecen sin resolver.

Una relación no es una pareja

Una relación basada sólo en el apego o la atracción mutua carece de la solidez necesaria para llegar a convertirse en una pareja que proporcione estabilidad y que pueda perdurar en el tiempo. Por el contrario, suele dar lugar a un cruce de reproches y exigencias para que cada uno satisfaga las expectativas del otro.

En la pareja confluyen dos proyectos ideales de vida, para dar paso a una realidad común, en la que sólo tiene cabida lo posible. Entre ambos construyen un espacio compartido de lealtad, solidaridad y afecto que los acoge y les proporciona protección y seguridad. Cuando esto no es así, surgen los conflictos, los celos, el resentimiento, y la continuidad de la pareja se ve amenazada.

Ser capaces de amar y de recibir amor depende en gran medida de cómo hemos sido amados y cómo hemos aprendido nosotros a hacerlo a lo largo de nuestros primeros años de vida. Ser conscientes de nuestras carencias afectivas infantiles nos permite responsabilizarnos de ellas y no exigirle a nuestra pareja que satisfaga lo que nuestros padres no nos dieron y nosotros todavía no sabemos cómo conseguir.